Los conflictos entre niños pequeños, una situación de aprendizaje
Por Mtra. Vivian Bejar Sherman
Directora del Gan Yavne Montessori, Escuela Yavne
Los que interactuamos con niños pequeños sabemos lo común que es ver a los chiquitos pelear por un juguete, el turno en el juego, el lugar o la silla o discutir entre ellos.
Todos hemos escuchado argumentos como: “yo lo tenía primero”, “el empezó”, “me dijo que ya no soy su amiga”, “no me deja jugar”, “no me va a invitar a su fiesta”. Y hemos sido testigos de las lágrimas y sentimientos que acompañan a estas situaciones.
¿Qué nos pasa o qué hacemos los adultos?
Nos frustramos y tratamos de intervenir y buscar una solución, proponemos ideas como: compartir el juguete o tomar turnos, tratamos de disuadir a alguno de los dos niños para que utilice otra cosa, “castigamos el juguete” y ahora ya nadie lo usa, o les decimos: “arréglenlo entre ustedes”, sin darles ningún tipo de apoyo para solucionar el conflicto.
¿Qué hacemos los adultos cuando un niño lastima a otro?, ya sea con palabras o físicamente.
Los obligamos a pedir una disculpa, la cual por lo general es de forma mecánica y no implica reflexión, arrepentimiento o reparación del daño. Quizá sancionamos al agresor o le ponemos una consecuencia, o le damos tiempo fuera para que “piense” sobre su comportamiento, cuando el niño aún no tiene la capacidad para reflexionar por sí solo sobre sus acciones.
Ser mediador entre los conflictos de niños es muy cansado para el adulto y con este tipo de medidas intentamos calmar la situación por un momento, pero no estamos fomentando la reflexión y el aprendizaje social en los niños.
Uno de los objetivos principales de ir a la escuela, además de aprender sobre conceptos académicos y desarrollar habilidades cognitivas o motrices, es aprender a relacionarse con sus pares. Los niños pequeños no tienen completamente desarrollada la corteza prefrontal de su cerebro, es por eso que actúan de forma impulsiva al defenderse, sin ponerse a pensar que sus acciones o palabras lastiman los sentimientos del otro; y es nuestro papel como adultos modelarlos en dichas habilidades.
Los adultos les decimos a los niños cómo no deben comportarse, pero rara vez les enseñamos cómo desarrollar habilidades de comunicación y cooperación eficientes. Para lograrlo necesitamos comprender que un comportamiento inadecuado solamente es un error en el largo proceso de aprendizaje socioemocional.
Si queremos favorecer el desarrollo de habilidades sociales nuevas y duraderas, tenemos que aprender a tratar dichos errores con amabilidad y comprensión, de la misma forma como lo hacemos con la adquisición de cualquier otra habilidad.
Los niños tienen que aprender de sus errores y para ello se necesita de la mediación de un adulto que primero que nada logre mantener la calma y actúe de forma neutral.
El adulto debe comprender que, en las primeras etapas del desarrollo, los niños no son empáticos. La habilidad de entender los sentimientos del otro comienza a desarrollarse entre los 2 y los 3 años, y es hasta que cumplen 4 que son capaces de entender que la otra persona puede tener una perspectiva diferente a la suya. Para consolidar estas habilidades se requiere de mucha práctica y de un adulto que lo haga evidente.
Los niños pequeños apenas están desarrollando su lenguaje, lo que explica porque frecuentemente utilizan su cuerpo para comunicarse. Por eso pegan, empujan o muerden cuando se sienten amenazados.
Los preescolares piensan de forma concreta y les es difícil enfocarse en más de una o dos ideas de manera simultánea. Por lo que las explicaciones largas con demasiados argumentos son inútiles.
Betsy Evans (2002) sugiere seis pasos a seguir en la resolución de conflictos:
- Acércate al lugar del conflicto con una actitud calmada y detén la agresión. Baja tu tono de voz y presta atención a tu lenguaje corporal. Colócate a la altura de los niños, míralos a los ojos y, si lo permiten, tócalos de forma amable en el hombro o tómalos de sus manitas. En esta etapa deberás modelar calma y autocontrol.
- Reconoce sus sentimientos. Este no es el momento para averiguar qué sucedió o quién empezó la pelea. Simplemente describe lo que observas, traduce el lenguaje corporal del niño en emociones. Por ejemplo: “Veo que estás muy triste”, “me parece que estás frustrado”, “tu cuerpo me dice que estás enojado” o tus manos, tus pies y tu cara están así (imitar la acción).
- Busca información. Para poder escuchar a los involucrados en el conflicto, primero ellos necesitan calmarse; esto toma unos minutos. Puedes hacer preguntas como: “¿Qué pasó?, ¿Cuál es el problema? ¿Qué necesitan? o ¿Qué quieres decirle a tu compañero?”. Evita preguntas que impliquen ¿por qué?, ya que este tipo de preguntas son abstractas y difíciles de responder. No tomes partido y no emitas frases de juicio.
- Repite cuál es el problema con tus propias palabras en un tono calmado. Esto les ayuda a los niños a aclarar su mente y a sentirse escuchados. Puedes decir frases como: “Entonces el problema es que...”
- Motívalos para que piensen en posibles soluciones y ayúdalos a elegir una con la cual todos los participantes estén de acuerdo. Expresa verbalmente el acuerdo al que llegaron.
- Mantente cerca y dale seguimiento a la situación. Esta es una etapa de transición para que vuelvan al juego. Puedes decir por ejemplo: “¡Resolvieron el problema!” y una vez que hayan vuelto a jugar, mantente alerta para ver cómo aplican las ideas que surgieron.
Aprender a mediar los conflictos de los niños es una habilidad que requiere de práctica, las primeras veces quizás el resultado no sea excelente, pero con el tiempo tanto los niños como los adultos desarrollarán habilidades más eficientes para convivir y socializar. Es esencial tener en mente que todo conflicto tiene la capacidad de convertirse en una situación de aprendizaje, tanto para el niño como para el adulto.
Referencias: Evans B. (2002). ¡You Can´t come to my birthday party! Conflict Resolution With Young Children. Michigan, USA. High/Scope Press.