¿Cómo apoyamos los procesos de nuestros adolescentes para promover su sano y feliz desarrollo?  

La adolescencia es una etapa muy importante en la vida del ser humano y se distingue por grandes contrastes observados en actitudes y comportamientos que a veces son opuestos. 

Si tomamos en cuenta aspectos positivos, los jóvenes han desarrollado habilidades, principalmente a nivel de la mente, en el dominio de medios de comunicación y el acceso a la información, y con ello provocan un cambio en su forma de actuar, de pensar y de relacionarse con el mundo.       

Hoy más que nunca los adolescentes se distinguen por tener una mente muy ágil; son capaces y poseen muchas habilidades, si se esfuerzan por lograr algo llegan a tener alcances impresionantes. Por otro lado, han desarrollado gran sensibilidad y percepción, pueden entender y percatarse más fácilmente de situaciones. La vida cotidiana los enfrenta a mayor cantidad de retos y situaciones, lo que les permite aceptar y convivir con las diferencias mucho más que en otras épocas. Hoy los adolescentes son más independientes y autónomos.    

Por otro lado, existen actitudes y comportamientos negativos que muestran los adolescentes debido a todos los cambios fisiológicos, emocionales y mentales que se presentan en esta etapa de vida, como son: la búsqueda de la identidad, la aceptación de la imagen corporal y el enfrentamiento del duelo y la soledad (que se refiere a la separación que une al hijo con sus padres). Estos cambios generan ansiedades y preocupaciones en los jóvenes que de no ser atendidas y guiadas podrían llevarlos a manifestar conductas de riesgo.

Con el objetivo claro de apoyar adecuadamente al adolescente a resolver su proceso y que las crisis y los conflictos se conviertan en oportunidades de crecimiento y madurez, es importante que los adultos en contacto con jóvenes, ya sea como padres o maestros, tomen en cuenta las siguientes consideraciones:  

  1. Los padres pueden orientar y apoyar a sus hijos para que encuentren equilibrio entre sus posibilidades y sus limitaciones, aciertos y fallas, para colocarse en un marco de acción de mayor madurez y ecuanimidad. 

  1. Los adultos son responsables de propiciar un ambiente que permita al adolescente tener un adecuado desarrollo y proporcionarle una buena influencia. Éste debe ser cuidado dentro y fuera del hogar por igual.  

  1. Ser objetivos con los adolescentes; es decir, tener la capacidad de ser realistas, independientemente de juicios personales y observar verdaderamente cómo es el joven, en el sentido positivo como en el negativo. Es importante conocer la realidad para ambas partes, porque, en caso necesario, saben cuándo es importante apoyarlo y orientarlo. 

  1. Conocer, entender y comprender las verdaderas necesidades de los adolescentes es fundamental para no perder la vinculación. 

  1. Conocer cuáles son los procesos psicológicos que vive el adolescente, con el propósito de atender y apoyar sus necesidades y conductas. 

  1. Apoyar al joven en las numerosas motivaciones externas o internas para ser mejor persona. 

  1. Esta etapa está llena de crisis y conflictos internos que le provocan inseguridad al adolescente, por eso es importante reconocer la necesidad del adolescente de sentirse seguro y apreciado. 

  1. Motivar y estar pendientes de su necesidad de pertenecer, de tener un lugar y un espacio y de autoafirmarse como ser humano, con ideas, convicciones, valores y gustos. 

  1. Apoyar a los adolescentes en la creación de mecanismos autorreguladores los cuales provean al joven de la internalización de normas y reglas de la moral, así como  de valores que le proporcionen el criterio suficiente para actuar en cualquier situación. 

  1. Promover la comunicación con los jóvenes a través de canales que permitan que fluya de mejor manera. 

  1. Saber escuchar: Poner toda la atención en lo que el joven dice y asegurarse de que se comprende lo que quiere transmitir.        

  1. Reconocer que es necesario pasar por momentos de crisis para que el adolescente logre su madurez, desarrolle su propia individualidad y autonomía. 

  1. Plantear la crisis como una posibilidad de crecimiento, pues toda crisis implica una oportunidad.    

  1. No tratar de evitar situaciones frustrantes, mismas que el adolescente tendrá que experimentar a través de problemas o situaciones difíciles.                      

  1. Brindarle seguridad a los jóvenes a través de rutinas, porque sirven para darle estructura y estabilidad a su vida. 

  1. Explicarles la razón de cada regla que se aplique y las consecuencias por no cumplirla, que entienda los riesgos por no seguirlas.    

  1. Estimular la práctica de algún deporte o actividades extracurriculares, de preferencia compartidas con el fin de reforzar no solo sus relaciones interpersonales, sino también la posibilidad que focalice su energía en actividades sanas, creativas y productivas.

  1. Motivar la reflexión sobre las consecuencias de los actos.

  1. No ser permisivo: utilizar el sentido común y tomar en cuenta cada circunstancia particular.   

  1. Evitar la educación negligente que provoca en los jóvenes el sentimiento de inseguridad. Esta negligencia comienza sobre todo con la falta de supervisión: dejándolo libre, sin seguir sus resultados en la escuela, no estar atento de sus acciones, de sus amistades, de los lugares a los que frecuenta y con quién. Se necesita autoridad y control para que tengan un adecuado desarrollo. Otra negligencia de los padres en especial es la falta de autoridad, que se origina muchas veces en el deseo de agradar a sus hijos ya que lo que les interesa es que piensen que es buena madre o buen padre.     

Recordemos que somos referentes para nuestros jóvenes, nuestro compromiso va más allá de ser compañeros de vida o amigos de ellos, somos nosotros los que debemos orientarlos y ayudarlos definir su identidad, a cuestionarse y enfrentarse con ellos mismos, a motivarlos a ganar confianza y seguridad y, por supuesto, a perseguir sus propios sueños.

Por: Mtra. Sandra Murow Franklin

Directora del Bachillerato, Escuela Yavne

Anterior
Anterior

Aprender el lenguaje es un largo y profundo viaje.

Siguiente
Siguiente

La Educación Judía en México: ¿Qué nos depara el futuro?